Un estudio que analizó 50 yacimientos arqueológicos desde Alaska hasta la Patagonia concluye que los primeros pobladores de América no eran forrajeros generalistas, sino especialistas en cazar a los animales más grandes que encontraban a su paso: mamuts, perezosos gigantes y gomfoterios. La investigación, publicada el 1 de julio en Science Advances, intenta poner punto final a una de las discusiones más encendidas de la arqueología americana.
¿Cómo hizo un puñado de cazadores-recolectores para atravesar dos continentes enteros, desde el estrecho de Bering hasta Tierra del Fuego, en apenas un par de miles de años? La respuesta a esa pregunta divide a los arqueólogos americanistas desde hace más de setenta años, y básicamente se reduce a dos modelos opuestos.
Por un lado, la vieja idea de los "cazadores de grandes animales": bandas altamente móviles y especializadas que perseguían megafauna como mamuts, mastodontes y perezosos terrestres, de manera preferencial, dejando de lado presas más chicas aunque estuvieran disponibles.
Por otro, el modelo "generalista" o de "amplio espectro", que sostiene que estos grupos comían de todo un poco, desde bisontes hasta roedores, aves, peces y plantas, adaptándose oportunistamente a lo que cada ecosistema les ofrecía.
Un nuevo estudio, publicado en Science Advances, y liderado por Ben Potter, de la Universidad de Alaska Fairbanks, y James Chatters, Universidad McMaster, con la participación de investigadores argentinos como Luciano Prates, Sergio Ivan Perez y Gustavo Politis, se mete de lleno en esa disputa con la evidencia más completa reunida hasta ahora.
Se trata del registro de huesos de animales hallados en 50 sitios arqueológicos de tres regiones muy distintas, que cubren juntas casi todo el continente americano. La primera es la llamada Beringia oriental, actual Alaska, la región por donde entraron los primeros humanos a América cruzando desde Siberia por un puente de tierra que hoy está bajo el mar, el estrecho de Bering.
La segunda es el territorio de la Cultura Clovis, el grupo humano mejor conocido de la Norteamérica más antigua, famoso por sus características puntas de piedra talladas con un canal central. Y la tercera es Sudamérica, donde el grupo equivalente se conoce como complejo de puntas "Cola de Pescado" (Fishtail), llamado así por la forma de sus puntas de proyectil, con una base que se angosta como la cola de un pez. En conjunto, estos tres registros abarcan una franja de tiempo que va desde hace unos 14.000 hasta 11.600 años.
Lo que se pensaba hasta ahora
La idea de los “cazadores de mamuts” nació casi con el propio descubrimiento de la llamada cultura Clovis, en los años 30 y 40 del siglo pasado, cuando se empezaron a encontrar puntas de proyectil líticas asociadas a huesos de mamut en varios sitios de Norteamérica.
Esa asociación instaló durante décadas la imagen del paleoindio como un “gran cazador” hiperespecializado. Una imagen que además alimentó la hipótesis del “overkill” de Paul Martin, la idea de que la llegada de estos cazadores fue la causa directa de la extinción de la megafauna americana a fines del Pleistoceno.
Pero desde los años 80 y sobre todo desde comienzos de los 2000, esa imagen empezó a resquebrajarse. Arqueólogos como Donald Grayson y David Meltzer publicaron una serie de trabajos muy influyentes, entre ellos su célebre “Requiem for North American overkill” (2003), donde argumentaban que la asociación entre Clovis y megafauna estaba sesgada.
Los huesos grandes se preservan y se encuentran mejor que los chicos, y de la treintena de géneros de megafauna que se extinguieron en Norteamérica, solo cinco aparecen efectivamente en sitios Clovis. Según ellos, esto no hablaba de una dieta especializada en gigantes, sino de un sesgo de conservación.
En la misma línea, Michael Cannon y Meltzer (2004, 2008) analizaron el número de especímenes identificados (NISP) en los yacimientos y concluyeron que había, de hecho, más asociaciones de paleoindios con presas chicas que con mamuts, mastodontes, bisontes o camellos, lo que apoyaba un modelo generalista con variación regional.
Modelos de forrajeo óptimo (como el de Byers y Ugan, 2005) también sugerían que, en términos puramente energéticos, cazar mamuts podía no haber sido tan rentable como parecía, dado el alto costo y riesgo de la caza frente al retorno calórico de presas menores.
Durante la última década, ese fue más o menos el consenso dominante. los paleoindios probablemente variaban su dieta según el ecosistema, y la fijación con la megafauna era, en buena medida, un artefacto de cómo se conserva y se busca el registro arqueológico.
La nueva evidencia
El equipo de Potter y Chatters amplía la escala a todo el continente, en el nuevo estudio. Ellos ya venían aportando evidencia en contra de la hipótesis generalista con estudios previos, como el análisis isotópico del esqueleto de Anzick-1 (2024), el único individuo Clovis conocido.
Su dieta resultó estar compuesta en un 96% por proteína de megafauna. Eso podían saberlo a partir de los isótopos conservados en sus huesos, una especie de "recibo químico" de lo que comió una persona a lo largo de su vida. Con esto pudieron calcular que el 96% de las proteínas de su dieta venían de megafauna.
Pero un solo esqueleto no alcanza para sacar conclusiones sobre un continente entero. Así que ahora ampliaron la búsqueda a los 50 sitios de las tres regiones, para ver si ese patrón se repetía en todos lados. Y encontraron tres pistas que, combinadas, cuentan la misma historia.
La primera es simplemente contar en cuántos sitios aparece cada animal. Acá el resultado es contundente: en Beringia, tres de cada cuatro yacimientos tienen huesos de mamut lanudo. En los sitios Clovis, nueve de cada diez tienen restos de algún proboscídeo (mamuts o mastodontes). En Sudamérica, más de la mitad de los sitios con puntas Cola de Pescado tienen huesos de perezoso gigante. Ningún otro animal, ni bisontes, ni guanacos, ni liebres, se acerca a esos números.
La segunda pista es contar cuántos animales de cada especie aparecen en total. Ahí también gana la megafauna, aunque por un margen algo menor: entre el 65% y el 88% de todos los individuos identificados en los tres registros son animales grandes.
Pero la pista más reveladora es la tercera, y es la que realmente cambia el panorama. No importa solo cuántos animales hay, sino cuántas calorías reales aportaba cada uno.
Un mamut adulto podía rendir más de siete millones de kilocalorías; un guanaco, apenas una fracción minúscula de eso. La megafauna representa más del 99% de todas las calorías que estos grupos humanos habrían obtenido de la caza, en las tres regiones por igual. Es como si alguien mirara la heladera de una familia y descubriera que, sí, hay un poco de todo, pero que el 99% de las calorías que en verdad comen viene de un único alimento.
Hay todavía una comprobación más, quizás la más elegante del estudio. Los autores compararon qué tan abundante era cada especie en el paisaje real contra qué tan seguido aparecía esa misma especie en los sitios arqueológicos.
Si estos grupos humanos hubieran sido oportunistas, que comían lo que se cruzaba en el camino, uno esperaría que se enfocaran en cazar lo que había más disponible alrededor: muchas liebres, muchos roedores, y poca megafauna, porque los animales grandes siempre son más raros que los chicos.
Pero pasa exactamente lo contrario. Los animales que más aparecen en los sitios son justamente los que menos abundaban en la naturaleza, mientras que las especies más comunes del entorno, chicas y medianas, casi no dejan rastro en la dieta. Es la firma de una elección activa, no de una casualidad. Estos grupos parecían literalmente esperar a que apareciera una presa grande y dejar pasar todo lo demás.
A esto se suma la tecnología. Puntas líticas de gran formato, pensadas para armas arrojadizas de largo alcance, herramientas curadas y reparadas una y otra vez, transportadas cientos de kilómetros desde canteras lejanas.
Y, un dato llamativo, la ausencia casi total de artefactos para procesar plantas, como morteros, piedras de moler, hornos de tierra, o para pescar, tanto en Beringia como en Clovis o en el complejo Cola de Pescado. Estos grupos eran, además, extremadamente móviles, con territorios enormes y sin patrones de asentamiento estable, típico de poblaciones que siguen presas migratorias de gran porte antes que recursos localizados.
Especialistas en dieta, generalistas en hábitat
La conclusión que proponen los autores es interesante, los paleoindios no eran generalistas ecológicos ni especialistas rígidos en el sentido clásico, sino algo más sutil.
Tenían un nicho dietario angosto, casi siempre el mismo tipo de presa gigante, pero un nicho de hábitat enormemente amplio, porque esas mismas presas, mamuts en el norte, gomfoterios y perezosos en el sur, estaban disponibles en ecosistemas radicalmente distintos, de la tundra estepárica a la sabana tropical.
Esa estrategia, aprender a leer el comportamiento de una sola familia de animales, en lugar de tener que aprender de cero la flora y fauna de cada nuevo territorio, habría sido, según los autores, la clave que permitió una expansión geográfica tan veloz por continentes tan diversos.
Y hay una vuelta de tuerca final, no menor. Si la megafauna fue efectivamente el sostén dietario de estas poblaciones pioneras, eso reabre con más fuerza la pregunta sobre el rol humano en su extinción. Los autores no se cierran a una única causa, el cambio climático de fines del Pleistoceno sigue siendo parte de la ecuación, pero sí sugieren que la presión de caza sobre especies clave, combinada con los efectos en cascada que la desaparición de esos “ingenieros de ecosistema” tuvo sobre el resto de la fauna, pudo haber sido un empujón decisivo hacia la extinción maziba que cerró el Pleistoceno americano.


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