lunes, diciembre 10, 2018

Little Foot, el Australopithecus problemático

Luego de más de 20 años de haber sido descubierto, uno de los fósiles más completos de Australopithecus finalmente ve la luz, envuelto en una controversia por la lucha entre dos grupos de científicos que pelean por tener derecho a estudiar los fósiles.

"Little Foot" may be a previously unrecognised hominin species

Se trata de “Little Foot”, un fósil de Australopithecus de 3,67 millones de años de antigüedad. Un esqueleto casi completo de una mujer de 1,30 metros de altura, que sugiere a quienes pudieron estudiarlo que tal vez se debería añadir una nueva especie al álbum familiar de los ancestros del género humano.

El género de homínidos Australopithecus es dentro del cual evolucionó el ancestro directo de nuestro género humano, todavía a identificar fehacientemente. Comprende a varias especies, entre ellas el A. afarensis famoso por su principal representante Lucy, junto con el A. africanus, A. anamensis, A. bahrelghazali, A. garhi, y A. sediba, que juntos cubren un período de 4 a 2 millones de años atrás, y una región que va del este al sur de África.

Pequeño pie empotrado

Little Foot es un fósil muy complejo a pesar de ser tan completo, porque estaba empotrado en roca muy dura, razón por la cual tardaron tantos años en poder realizar un análisis completo.
Fue en 1994, cuando de la Universidad de Witwatersrand, en Johanesburgo, Sudáfrica, le solicitaron al paleoantropólogo Ronald Clarke que revisase una colección de huesos que habían sido descubiertos en la Cueva Sterkfontein.

Clarke notó que cuatro huesos de pie, que se creía que eran de algún mono, en realidad pertenecían al grupo Australopithecus. Los huesos eran muy pequeños, razón por la cual Clarke y Phillip Tobias decidieron apodarlo Pequeño Pie o Little Foot.

Recién para 1997 Clarke y colegas descubrieron más huesos del esqueleto de Little Foot encastrados en la roca de la cueva. El proceso de extraer los huesos llevó casi 10 años, ya que se trata de fósiles que se quiebran con facilidad.

“Pasé 20 años con este esqueleto”, contó Clarke a New Scientist. “Descubrirlo en la roca en la profunda oscuridad de la cueva, encontrar cada hueso, extraerlos de los bloques de piedra, limpiarlos, y reconstruirlos”.

Caminando hacia nosotros

Robin Crompton, de la Universidad de Liverpool, Reino Unido, analizaron los huesos de piernas y pies, partes del esqueleto que muy raramente se encuentran en los fósiles de nuestros antepasados, y son clave para saber si caminaban ya como nosotros, o en camino a ello, lo que permitiría ubicarlos dentro del arbusto evolutivo de la evolución humana.

Tenía piernas más grandes que los brazos, lo ya es indicador de que pasaba más tiempo caminando, y menos entre las ramas de los árboles, y que eran capaces de dar pasos largos y más eficientes.
Sus manos, por el contrario, estaban más adaptadas a una vida arbórea, que a manipular objetos con la precisión que pueden hacerlo nuestras manos.

Un detalle interesante sobre Little Foot, es que tiene una herida en el hueso de uno de sus brazos, que se cree sufrió durante su infancia, y que posiblemente le molestó toda su vida. Si bien llegó hasta una edad avanzada.

¿Nueva especie?

Desde un principio Clarke argumentaba que se trataba de un Australopithecus que no podía adscribirse a ninguna de las especies ya conocidas. Él propuso antes que sea llamado Australopithecus prometheus, nombre elegido por el legendario Raymond Dart en 1948 para un cráneo descubierto en Makapansgat, Sudáfrica.

Dart es famos por haber descubierto al niño de Taung en 1925, primer Australopithecus descubierto, y fósil que daría inicio a la idea de que nuestros ancestros evolucionaron en África. Antes se creía que había sido en Asia, ya que los fósiles más antiguos que se conocían eran del sudeste asiático.

Clarke está convencido de que Little Foot no son Australopithecus africanus, como el niño de Taung, razón por la cual resucitó el nombre A. prometheus. El cráneo, el rostro, los dientes, todo es diferente, dice Clarke.

Los dientes indican una dieta casi exclusivamente vegetariana, al contrario de lo que muestran los dientes de A. africanus, que era más omnívoro como nosotros.

Pelea por publicar

Siendo un fósil tan importante, está siendo opacado por una disputa interna de la Universidad de Witwatersrand por ver quién puede estudiar los fósiles, y quién publica antes los resultados de sus estudios.

Entre los científicos, si alguien hace un descubrimiento, los demás esperan a que este alguien o grupo de científicos termine sus estudios, y los publique antes de iniciar sus propios análisis. Pero en el caso de Little Foot, ha llevado 22 años, lo que redundó en que algunos otros científicos pierdan la paciencia de esperar a que Clarke y su equipo publique los resultados.

La disputa es entre Clarke y su colega Lee Berger, paleoantropólogo famoso por haber descubierto al Australopithecus sediba y al Homo naledi, y también conocido por ser poco ortodoxo, ya que la mayoría de sus descubrimientos los dio a conocer antes a la prensa, que a las publicaciones científicas, donde sus colegas podrían haber analizados a fondo sus estudios.

Berger quería estudiar los restos de Little Foot, para poder compararlos con los de sus dos descubrimientos, por lo que solicitó a la Universidad el poder estudiarlos. Pero desde 2008 se lo negaban por haber publicaciones inminentes del equipo de Clarke, algo que no ocurrió hasta ahora, 10 años después.

Según Clarke, Berger quiere hacerse con los laureles de describir a Little Foot por primera vez desde que fue descubierto, algo negado por Berger. Clarke le negó acceso a los fósiles durante años, hasta que la Univesidad le dio permiso a Berger en 2017, si bien con la condición de que no podía publicar nada antes de, 30 de noviembre de 2018, para darle tiempo a Clarke de publicar primero. Algo que tuvo que hacer a las apuradas, y en publicaciones sin revisión por pares, en bioRxiv: 10.1101/48155610.1101/48349510.1101/48271110.1101/486076.

Saldrán luego de ser revisados por otros expertos en la publicación Journal of Human Evolution, Berger publicará en American Journal of Physical Anthropology. Así, la disputa ahora ha pasado a las publicaciones científicas, donde discutirán si es o no es una nueva especie, y qué papel ha jugado en nuestra evolución. 

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martes, noviembre 06, 2018

Entre nuestros antepasados prehistóricos era normal ser anormal

Un nuevo estudio ha descubierto que entre nuestros antepasados de hasta 2,5 millones de años atrás, hasta hace unos 10 mil, se encontraba un alto número de defectos de nacimiento. Si bien no es claro por qué sucedía eso, los autores dicen que una fuerte posibilidad sería una extendida endogamia entre grupos de cazadores recolectores que debían ser pequeños.



Que un ser vivo se transforme en fósil requiere de circunstancias bastante extraordinarias. Que luego de miles y millones de años, sea descubierto, también es difícil. Como son tan escasos, los científicos suelen tomar a cada fósil como si fuesen los delegados de grupos mucho mayores. Así es que, si descubrimos muchos fósiles humanos con anormalidades, podríamos hablar de que eran comunes, y no algo raro como sí lo es hoy en día.

Son muchos los humanos fósiles que presentan anormalidades. Por ejemplo, los huesos de la pierna combados, o un cráneo hinchado, consistente con hidrocefalia, una condición que inunda el cerebro con fluidos. Solían ser vistos como curiosidades, pero el paleontólogo Erik Trinkaus, de la Universidad de BLA, descubrió que en realidad eran sospechosamente comunes.

En el estudio, publicado en Proceedings of the National Academy of Sciences, se analizan 66 individuos fósiles, la mayoría de los últimos 200 mil años. Son casi todos de jóvenes adultos, fueron descubiertos Eurasia, y corresponden a diferentes especies del género Homo.

Las condiciones que encontraron en esos 66 parientes prehistóricos son muy poco comunes en la actualidad, apenas ocurren en el 1% de la población. Incluso algunas de las condiciones ni si quiera son conocidas entre los humanos de hoy en día.

Según Trinkaus, es muy improbable, estadísticamente, que los paleoantropólogos hubiesen encontrado tantos fósiles con anormalidades por simple casualidad. Esto indicaría que los antiguos humanos habrían enfrentado presiones ambientales o culturales que llevaban a que las anormalidades fuesen más comunes.

Una de las posibles explicaciones, también visto en pueblos históricos, es que los individuos con anormalidades fuesen vistos como especiales, y por ello tuviesen tratamientos tan especiales. Por esa razón, aumentarían las chances de que sus cuerpos fuesen preservados, y luego descubiertos por los científicos.

Pero no se ha descubierto algún tratamiento especial entre los restos fósiles, como si fuesen enterramientos de alguien valorado. Algunos de los desórdenes vistos se daban en todo el cuerpo, como si fuesen por alguna deficiencia durante el embarazo de la madre, pero la mayoría de las deformidades se daban en uno de los lados del cuerpo.

Esto último consistente con mutaciones genéticas, lo que apuntaría hacia una fuerte endogamia, o sea que grupos pequeños se cruzaban entre sí, y no con gente de otros grupos. Se creía que la mayoría de los grupos humanos prehistóricos eran pequeños y aislados. En esas condiciones, la endogamia llevaría a que mutaciones genéticas dañinas se esparciesen muy rápido y fácil.

También se ha demostrado por diferentes estudios, que entre los humanos prehistóricos existía una diversidad genética baja, es decir, no existía mucha variación en nuestro genoma, producto de que las poblaciones eran pequeñas y no tenían mucho contracto entre sí.

Pero uno de los datos más interesantes que se desprendería del estudio es que la mayoría de las anormalidades eran debilitantes, discapacitantes, por lo que el hecho de que muchos de estos sujetos hayan sobrevivido a su niñez, y algunos hasta la adultez, implica que recibían ayuda de sus grupos. La hidrocefalia suele ser letal, si no se trata en la actualidad. Que hace 100 mil años un niño con esta condición haya sobrevivido hasta los 4 años, es indicador de que no sólo recibía cuidados de su grupo, sino que existían algunos conocimientos médicos.

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lunes, octubre 22, 2018

Darwin entre las máquinas

"Darwin entre las máquinas" es el título de un artículo publicado por Samuel Butler en el periódico The Press, de Nueva Zelanda, nada menos que en 1863. En ese artículo, publicado 4 años después que El origen de las especies de Charles Darwin, se habla sobre cómo las máquinas podrían verse como "vida mecánica" y las piensa como plausibles de caer bajo la evolución por selección natural como los seres vivos.

Butler medita en ese artículo, en una época en que las máquinas eran muy rudimentarias, cómo estas podrían suplantar al ser humano como especie dominante. Butler habla de conciencia mecánica, que sería lo que hoy en día conocemos como inteligencia artificial. Es decir, un programa creado por el hombre que tiene la capacidad de aprender por sí mismo, y modificarse acorde a lo que aprende.

Se trata del registro más antiguo de una forma de pensar a las máquinas que derivaría más de un siglo después en lo que se conoce como la Singularidad Tecnológica, un evento en el que las inteligencias artificiales podrían comenzar a autorreplicarse, y así generar una reacción en cadena que sería imposible de seguir y de controlar para el ser humano.

Cada día estamos un poco más cerca, sino de la teórica Singularidad Tecnológica, sí del ingreso de la inteligencia artifical sobre la mayoría de los ámbitos humanos. Por esa razón comenzaremos a incluir noticias y artículos sobre inteligencia artificial en el blog, que creemos están relacionados con el punto de vista antropológico de este blog, al estar afectando al ser humano como un todo, en todas sus dimensiones.

Charles Darwin, father of evolution... and cylons


jueves, julio 12, 2018

Evidencias humanas en China de hace 2,12 millones de años



Descubren evidencias de que los humanos vivían en Asia mucho antes de lo pensado. Se trata de herramientas líticas de hace 2,12 millones de años. Esto indicaría que nuestros antepasados salieron de África mucho antes de lo pensado, o como una minoría de científicos cree, podrían haber evolucionado en Asia.



Hasta la fecha, las evidencias más antiguas de humanos fuera de África, eran los restos fósiles de Dmanisi, en Georgia. Se trata de Homo erectus de 1,85 millones de años de antigüedad. Los que le seguían son los restos fósiles y herramientas líticas de China e Indonesia, que van de 1,5 a 1,7 millones de años de antigüedad.


Los restos reportados en Nature son 96 puntas y filos de piedra descubiertas en Shangchen, en el centro de China. Herramientas líticas que seguramente nuestros parientes de antaño utilizaban para descarnar los huesos de sus presas, ya que junto con los restos materiales, se descubrieron fósiles de antílopes, venados y cerdos.


El equipo de paleoantropólogos, liderado por Zhaoyu Zhu, del Instituto de Geoquímica de la Academia de las Ciencias de China, pasó años intentando datar con precisión estos restos líticos, ya que sabían que sería controvertida una fecha tan antigua. Utilizaron lo que se conoce como datación paleomagnética, que detecta los cambios en el polo magnético terrestre, ya que estos cambios quedan reflejados en todas las rocas del planeta.

Uno de los datos más interesantes del estudio es sin duda que el yacimiento donde fueron descubiertas las herramientas fue utilizado durante cientos de miles de años, desde hace 2,12 millones de años hasta hace 1,26 millones atrás.

Pero sin duda lo más importante de este descubrimiento es que nuestro género humano puede haber salido y entrado en África más de una vez a lo largo de los millones de años que tenemos de historia evolutiva.

Esta fecha también nos dice que nuestros antepasados ya podían lidiar con una amplia variedad de ambientes y climas, como nuestra propia especie, los Homo sapiens. No se sabe qué especie perteneciente al género humano fabricó las herramientas reportadas en Nature, pero es probable que haya sido una anterior a Homo erectus.

Estas nuevas dataciones permiten que se replantee cómo pensamos la evolución de nuestro género humano. Asia siempre tuvo un espacio secundario en la evolución de nuestro género humano, pero cada año tiene más restos para aportar, que ahondan en la variedad y la antigüedad de la ocupación de ese inmenso continente.

Fig. 4

viernes, julio 06, 2018

El dedo gordo trepador de los niños Australopithecus

Nuestros antepasados de hace más de 3 millones de años, los Australopitecos, tenían un pie adaptado a caminar en dos patas, como nosotros, pero sus niños tenían unos dedos gordos especiales: eran capaces de agarrar, esto les permitía sujetarse al cuerpo de sus madres, o trepar a los árboles.



Para los paleoantropólogos es muy difícil encontrarse con pies a la hora de estudiar la evolución de nuestro andar bípedo. Tiene 26 huesos pequeños, por lo que es muy difícil descubrirlos en los fósiles de nuestros antepasados. Lucy, la astralopiteca más famosa, y uno de los fósiles de homínidos más completos, no tenía sus pies.

Se conocían pies fósiles de los Australopithecus, que si bien evidencian una forma de caminar diferente a la de sus descendientes los humanos, eran bípedos habituales. Pero un nuevo estudio, publicado en Science Advances, muestra que los pies de los niños mantenían ciertas características más similares a las de los chimpancés.

Mi pie izquierdo fósil


Se trata del análisis del pie fósil  de 3,32 millones de años, de una niña de la especie Australipithecus afarensis que había sido descubierto en 2002, en Etiopía. A los paleoantropólogos que descubrieron a esta niña en el yacimiento de Dikika, les llevó años de trabajo delicado desprender los restos fósiles de la roca de arenisca donde estaban incrustados.

Apodada Selam, que significa paz en amhárico, contaba con 3 años de edad al momento de su muerte. Es uno de los homínidos fósiles más completos descubiertos. El pie izquierdo es el único que se descubrió y estaba totalmente completo, algo no sólo raro en adultos, sino casi imposible de conseguir en niños de hace 3 millones de años. Pensemos que apenas mide unos 6 centímetros de largo.

Lo más interesante del pie de Selam es que cuenta con un mosaico de características, unas ya del bipedismo que se ve en sus parientes adultos, y otras más relacionadas con trepar a los árboles. El tobillo es muy similar al nuestro, pero los huesos del dedo gordo están curvados, similar al de los chimpancés. Pero a diferencia de estos primates actuales, el dedo de Selam está alineado con los otros como en los pies humanos, es decir no se abre hacia el costado como en los chimpancés.

El talón de Selam también es bastante extraño, según dicen los autores del estudio. Los adultos australopitecos tenían talones robustos, como los que tenemos nosotros desde pequeños, especiales para caminar erguidos. Pero el de la niña de Dikika era pequeño y delicado. Así es que al parecer, si bien eran bípedos, su pie se desarrollaba de una forma muy diferente a como sucede entre los humanos.

Dedo trepador


El dedo curvado de Selam sugiere que los niños australopitecos tenían la habilidad de agarrarse de la madre no sólo con las manos, sino también con los pies. Esto puede hablarnos sobre cómo era la sociedad de los australopitecos, ya que indica que la mujer por aquellos tiempos tenía un poco más de libertad a la hora de cuidar de sus crías. No necesitaban llevarlos en brazos.

Pero si bien sus pies se podían aferrar a algo mejor que los nuestros, tampoco eran como los de un chimpancé actual, que literalmente puede agarrar algo como si de una mano se tratase. Otro homínido al que se descubrió con pies completos es Ardipithecus ramidus, de hace 4,4 millones de años, que si bien caminaban en dos patas, sus pies nada tenían que ver con los nuestros, eran más parecidos a una mano, así es que tal vez Selam muestre que los australopitecos mantenían características primitivas durante su niñez que se modificaban durante la adultez.

lunes, mayo 28, 2018

Los otros humanos ¿Siempre estuvimos solos?

Desde que el ser humano empezó a clasificar científicamente a todos organismos vivos, se distanció de ellos. Estábamos solos frente a un mundo de brutos cuando Carl Linneo le puso el nombre Homo sapiens a nuestra especie, allá por 1758. Pero en el siglo XIX se inició una ola que fue juntando fuerza durante 100 años hasta transformarse en un tsunami en los últimos 10, que nos fue convirtiendo en uno más de esos seres vivos que no queríamos en nuestro Linkedin biológico.


Se trata del descubrimiento de otras especies humanas, nuestros parientes, que a la mayoría de los científicos les llevó más de 100 años aceptar que, no sólo convivieron con nuestra especie, sino que se mezclaron amorosamente hasta el grado de haber dejado marcas en nuestro ADN.

La ola la inició el famoso Hombre de Neandertal en 1856, cuando fue descubierto su fósil más famoso en la cueva Fedhofer, del valle del río Neander, Alemania. Se trataba de los huesos de un hombre raro, pero un hombre al fin, que demostraba que en el pasado no estuvimos solos.

Pero ubiquémonos en el tiempo, y pensemos que todavía no había sido publicado el famoso libro El Origen de las Especies de Charles Darwin, de 1859, que revolucionaría la ciencia biológica, al ubicar a la evolución como tema central, y arrojar al hombre del pedestal en el que se encontraba, al asociarnos con nuestros parientes vivos más cercanos, los grande simios.

El primo que nadie quiere


De entrada, que hubiese una especie similar a notros viviendo hace muchos miles de años, generó rechazo entre la comunidad científica. Se llegó a calificar al primer fósil neandertal de cosaco enfermo, si bien terminaron aceptando que tenía algo de relación con nosotros, al grado de que se lo invitó a formar parte del exclusivo género humano con el nombre científico de Homo neanderthalensis.

Los neandertales, se sabe ahora, vivieron en Europa y parte de Asia entre 400 mil y 30 mil años atrás. Nuestra especie se originó hace unos 300 mil años en África, continente del que salieron hace unos 100 mil años para comenzar a asentarse en zonas donde otros humanos jugaban de locales.

Pero, para mayoría de la comunidad científica, durante esos más de 10 mil años que coexistieron en tiempo y espacio, no cruzaron palabra, como si de niños ofendidos se tratase. Allí fue que llegó la genética, como heroína de esta historia, para mostrar que nuestros antepasados no ignoraron a su vecino durante 10 mil años.

Así fue que se inició el tsunami que en poco más de 10 años, nos llevó de estar solos como especie, a haber descubierto muchos compañeros de ruta, algunos tan sólo conocidos por los genes que dejaron dentro de nuestro ADN.

En 2006 se inició el Proyecto Genoma Neandertal, que buscaba secuenciar cada uno de los genes de estos humanos extinguidos. Pensemos que apenas 3 años antes se había dado a conocer el genoma completo de nuestra especie, que había llevado 10 años del trabajo de miles de científicos de todas partes del mundo. Un trabajo que hoy lleva apenas unas horas gracias a los avances tecnológicos, como bien sabe cualquier seguidor de series policiales.

Pero obtener genes de un fósil es un trabajo complicado. Cuando un organismo muere, su ADN no vive por siempre dentro de los huesos. Se degrada con el paso del tiempo, y necesita de condiciones climáticas especiales para sobrevivir lo máximo posible.

Ahí nos encontramos con otro problema: los descubridores y los paleoantropólogos que los estudian los contaminan con sus propios genes al tocarlos. Así es que se requirió de importantes modificaciones en la forma de trabajar en los yacimientos paleo antropológicos para poder conseguir muestras perfectas.

Tres años después de iniciado el Proyecto Genoma Neandertal, científicos encabezados por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, lograron secuenciar un ADN completo, y descubrieron que las poblaciones euroasiáticas actuales tienen entre un 1 y un 4 por ciento de genes de origen neandertal. Es decir, no sólo hubo relaciones amorosas entre las dos especies, sino que cada uno de nosotros todavía mantiene algo de ese cruce que ocurrió hace 100 mil años.

Como medida de comparación, entre padres e hijos ese valor es de un 50 por ciento. Entre abuelos y nietos un 25 por ciento, y con nuestros bisabuelos un 12,5. No significa que los neandertales sean nuestros mega tátara abuelos, sino que nos aportaron copias de sus genes en una proporción similar a la de un tátara-tatarabuelo.

Los otros humanos


En la ficción sobran las historias donde los humanos compartimos el universo con una gran variedad de especies, como los elfos, enanos y hobbits de El señor de los Anillos, o los peludos wookiees de Star Wars. Tras una década de análisis paleogenéricos de decenas de fósiles se llegó a pintar un cuadro similar para la época en que nuestros antepasados comenzaron a habitar en Europa y Asia, aparte de su África natal.

Y es que hace 100 mil años atrás, el exclusivo Homo sapiens, compartía el planeta con tres especies de primates inteligentes, al menos. Primates como nosotros, y humanos como nosotros, si bien no recibieron el nombre de sapiens (sabios).

Al vecino del que ya hablamos, el neandertal, se une otro humano digno de los relatos de Tolkien que mencionábamos antes, razón por la cual lo apodaron el Hobbit de Flores. Se trata del Homo floresiensis, un ser diminuto de poco más de un metro de altura, descubierto en 2004 en la Isla de Flores, Indonesia. Se sabe que vivió allí hasta hace unos 18 mil años, si bien no convivió mucho con nuestra especie, que llegó a la región poco tiempo antes. 

El siguiente compañero de ruta se descubrió en 2010 en la cueva de Denisova, Siberia. Sólo conocido por algunos fragmentos fósiles al principio. Pero el mejor conservado, un dedo gordo de la llamada Mujer X, aportó información genética suficiente para poder secuenciar su ADN. Tras compararlo con el nuestro y el de los neandertales, se descubrió que se trataba de un grupo humano totalmente desconocido, que estaba viviendo junto a neandertales hace 40 mil años en Asia.

“Es poco lo que se conoce de los denisovanos”, cuenta Carles Lalueza Fox, experto en paleogenética del Instituto de Biología Evolutiva de España, un centro mixto del CSIC y la Universidad Pompeu Fabra. “Solo se han encontrado rastros genéticos en diversas muestras de la cueva de Denisova (en las montañas Altai) y, curiosamente, en un ADN mitocondrial muy antiguo (cercano a los 430.000 años) de Sima de los Huesos en Atapuerca (España)”.

“Hay en marcha proyectos para intentar reconstruir su aspecto físico”, continúa Lalueza Fox, “incluyendo, curiosamente, la estructura del cráneo- a partir de su genoma, y también proyectos que buscan restos óseos por Asia que puedan contener también ADN denisovano”.

Ahora, ¿qué pasó con todas estas especies? Se extinguieron, es la respuesta rápida. El mismo análisis del ADN de estas compañeras de ruta permitió conocer que tanto neandertales, como denisovanos, tenían poca diversidad genética, apenas un cuarto de la que tenemos los Homo sapiens en la actualidad. La baja diversidad ocurre cuando las poblaciones son pequeñas, y se cruzan entre sí, generando que todos estén emparentados entre sí de algún modo.

La época en que los Homo sapiens llegaron a Europa y Asia, fue luego de una época de cambios climáticos abruptos, que llevaron a neandertales y denisovanos a convertirse en especies en peligro de extinción. El encuentro con nuestra especie puede haber sido el golpe de gracia, ya sea por competencia, o porque fueron absorbidas dentro de la población mayor de nuestros antepasados.

Gracias a la paleogenética los científicos pueden pintar un panorama más claro sobre las relaciones entre los diferentes humanos que existieron en el planeta durante los últimos 100 mil años.

“La lección principal de la paleo genética es la prevalencia de eventos de hibridación que ha habido entre diversos linajes de homínidos, hasta el punto que podemos sospechar que es más la norma que la excepción”, opina Lalueza Fox. “Creo que seguirán dándose a conocer resultados interesantes de estos humanos del pasado en los próximos años, tanto desde la paleogenética como desde la paleoproteómica. Mientras haya fósiles, ¡hay esperanza!”.