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¿Por qué nos gusta tanto chismear?

El lenguaje es una de las marcas registradas con las cuales se identifican a los humanos. Una postura que va ganando adeptos dice que podría tratarse de una adaptación para crear y fortalecer vínculos sociales. Es decir, hacer sociales, o sea… chismear.


No existe duda en la comunidad científica sobre la función que tuvo y tiene el lenguaje, que es la de intercambiar información. Pero, ¿qué sería más importante para la supervivencia de nuestros antepasados de hace miles de años? ¿Datos, hechos, información fáctica? ¿O conocer todo lo posible sobre la comunidad de la que formaban parte? Es decir, el chisme corriendo de boca en boca.

Pero el lenguaje, sin el gran cerebro que tenemos, no podría existir. Son la gran cantidad de redes neuronales que surcan nuestra corteza cerebral las que permiten su funcionamiento. Y también son esas avenidas neurológicas las que posibilitan algo tan simple como el chisme.

Pero bajo esa simpleza, el chisme esconde la historia evolutiva de nuestro género humano. Pero vamos por parte, dijo Jack. Un misterio a la vez.

El cerebro social

El cerebro suele ser un órgano bastante costoso de mantener. En animales altamente sociales como los primates se le destina mucha más energía, un 10% del presupuesto. Pero si esto ya es mucho, el cerebro humano sería acusado de abusón, ya que se lleva entre el 18 y el 25 % de la energía.

Sobre la pizarra de nuestro Detective Evolutivo ya vemos al chisme, y un hilito que lo une al cerebro grandote, porque necesitamos explicar la razón por la cual la ruleta de la evolución ha otorgado a los primates un órgano mental tan grande.

Es que, seamos sinceros, si uno ve un video de un grupo de chimpancés, todos sentados, sin hacerse problema por nada, no parecieran necesitarlo. Tampoco un grupo de humanos cazadores recolectores, a los que no vemos inventando cohetes para ir al espacio, o redactando trilogías de novelas de fantasía heroica.

Pero el misterio un poco tiene que ver con esa fantasía heroica al estilo El señor de los Anillos, o Juego de Tronos. Ambas sagas tienen cientos de personajes, de los que nos cuesta llevar la cuenta, y más recordar la relación entre cada uno.

Una de las teorías más aceptadas para explicar el origen de nuestro gran cerebro, dice que se trata de una adaptación que nos permitió lidiar con el complejo entramado de la vida social de una comunidad grande.

150 amigos

¿De qué hablamos cuando hablamos de una comunidad grande? Más de 50 individuos. Por ejemplo, una comunidad típica de chimpancés ronda ese número, mientras que una comunidad humana no pasa de los 150. ¿Eh? ¿Tan poco?

Sí. Estudios entre sociedades cazadoras recolectoras notaron que no pasan de 150 personas. Son el tipo de comunidad en la que el género humano ha pasado la mayor parte de sus más de 2 millones de años de historia evolutiva.

La llamada hipótesis del cerebro social dice que ese número de 150 individuos es para el cual se ha adaptado nuestro cerebro humano, incluso el mundo hiperconectado actual. Se han realizado gran cantidad de estudios científicos para llegar a ese número.

Piensen, sino, en sus listas de contactos, los que realmente pueden decir que conocen, ya sea en twitter o facebook. Si uno hace esa selección, suelen rondar el número de 150.

Chisme y selección natural

El lenguaje sería el responsable de habernos llevado a ese número, superando al típico 50 de nuestros parientes primates. Esto lo explican las hipótesis sociales sobre el origen del lenguaje.

La más interesante de ellas es la Hipótesis del Chisme, del antropólogo británico Robin Dumbar. El leguaje, según Dumbar, se propagó por nuestro género humano como una adaptación evolutiva que beneficiaba el intercambio de información útil sobre el universo social en el que vivían nuestros antepasados.

El chisme llevaba información a través de esos grupos de 150 personas, e incluso más allá, sobre otros grupos. Permitió la creación de redes sociales dispersas, en las que sería imposible comunicarse si sólo se dependiese de los encuentros cara a cara.

El o la chusma de barrio nada podría hacer en una comunidad de 50 chimpancés. Pudimos crecer a comunidades de cientos y miles, gracias al chisme, que se vale de algo que los neurocientíficos conocen como teoría de la mente.

Mi mente, la tuya y la de más allá

Usar palabras como creo, supongo, imagino, quiero, pienso, intento, que denotan intencionalidad, es una forma de reconocer que tenemos una mente propia. Eso es la Teoría de la Mente. De ahí que a la jerarquía que mide cuán complejo es un cerebro social se le llame orden de intencionalidad.

Todos los organismos conscientes tienen una idea de lo que pasa en su mente. Este es el primer orden de intencionalidad. La capacidad de tener una opinión o creencia sobre lo que ocurre en la mente de otro es el segundo orden de intencionalidad. La mayoría de la gente adulta domina hasta el cuarto y el quinto orden, algunos más entrenados dominan el sexto.

Para que se hagan una idea, nuestros parientes primates no pasan del segundo orden. Es decir, no pueden hablar sobre un tercero. Sí, está bien, no pueden hablar, pero si pudiesen…

Nosotros los humanos recién llegamos al segundo orden hacia los 5 años de edad, y gradualmente vamos adquiriendo los que siguen, llegando al cuarto y quinto en la adolescencia.

Esto nos permite crear entramados de chismes tales como “¿Te enteraste lo que le pasó a la Cecilia? Yo creo que ella supone que Juan quiere que Carolina piense que Carmen intenta ganar el concurso”. Complejo, ¿no?

Pero como veíamos, es cuestión de práctica. Le vamos tomando la mano a lo largo de nuestra niñez y adolescencia, por el simple hecho de vivir en sociedades complejas. Es lo más normal del mundo que cada vez que se juntan de dos a más personas comienzan a intercambiar frases del estilo de ¿sabes lo que le pasó al tío del hermano de mi amigo, cuándo se peleó con el padre del la hermana de tu compañera de colegio?

Cada orden de intencionalidad necesita del trabajo de una creciente cantidad de neuronas, razón por la cual las especies que deben lidiar con comunidades grandes y complejas, y altos ordenes de intencionalidad, como nosotros, necesitan de un cerebro más grande.

Como vimos, se trata de un órgano costoso, y cuando hablamos de evolución, nada que le cueste mucha energía a un ser vivo, y no tenga utilidad, resiste al barrido eficiente de la selección natural.

Así es que el lenguaje y nuestro gran cerebro evolucionaron a la vez, beneficiando el intercambio de información útil sobre la comunidad en la que nacemos, crecemos y vivimos a través de un método tan simple como el chisme. Así fue que pudimos ir mucho más allá del grupo más “intimo” de 150 individuos, llegando a comunidades ampliadas de miles y millones de personas.

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