lunes, enero 16, 2017

¿Nos estamos volviendo más inteligentes?

Hace más de 30 años, los especialistas en inteligencia, se encontraron con un fenómeno inexplicable: los tests de inteligencia o IQ arrojaban puntuaciones cada año más altas. Cada generación parecía ser más inteligente que la anterior.


Este fenómeno es conocido como Efecto Flynn, en honor al investigador James Flynn, de la Universidad de Otago, Nueva Zelanda. Flynn realizó el primer análisis concienzudo sobre el tema en 1984.

Cruzó datos de más de una docena de países, y descubrió que las puntuaciones subían 0,3 puntos por año. Luego de décadas análisis, y cientos de estudios científicos publicados, el Efecto Flynn sigue en pié. Las puntuaciones en los tests de inteligencia continúan subiendo 0,3 puntos cada año.

Se trata de un avance incesante, cual terminator de la inteligencia, que de forma monótona sigue y sigue, sin acelerar, ni aminorar el paso. Pero, si el Efecto Flynn es el terminator Arnold Schwarzenegger, cuál sería la Sarah Connor a la que persigue de forma incansable? ¿Por qué los niveles de IQ no dejan de crecer cada año?

¿Realmente nos estamos volviendo más inteligentes?

Si nos referimos a que nuestro cerebro tiene más potencial que el de nuestros antepasados, entonces la respuesta es no. Estamos desarrollando habilidades que nos permiten lidiar mejor con las complejidades del mundo moderno, explica el mismo James Flynn, en su libro Are we getting smarter?, de 2012.
Lo que vienen notando los investigadores es que según el Efecto Flynn, los niños tendrán un resultado 10 puntos más alto en los exámenes de IQ que sus padres.

Pero hay que prestar atención a los detalles, y no a las generalizaciones. Los investigadores también notaron que la mejora no es general, sino en partes específicas de los exámenes más utilizados de coeficiente intelectual.

Por ejemplo, las secciones que suelen medir la habilidad de la persona en aritmética y vocabulario, se mantuvo constante, sin ganancias a lo largo de las décadas.

El incremento se notó en las secciones que tratan sobre el pensamiento abstracto. El que lidia con las similitudes, que hace preguntas del estilo de ¿en qué se parecen una manzana y una naranja? Una respuesta baja en puntaje sería que ambas son comestibles, una alta que son frutas, ya que trasciende las cualidades físicas. Otra sección de los exámenes en la que se notó incremento es en la que se debe identificar la relación entre series de patrones geométricos, que se relacionan de una forma abstracta.

El increíble simio flexible

El ser humano es un primate que se caracterizó por lo increíblemente flexible que es. Puede adaptarse con facilidad a casi cualquier entorno, tanto por sus características biológicas, como por la cultura. Y al parecer la inteligencia, sea o no palpable, también se sigue adaptando a este mundo cada vez más cambiante en el que vivimos.

Los investigadores Ainsley Mitchum y Mark Fox, de la Universidad Estatal de Florida, estudiaron los resultados de diferentes generaciones, y concluyen que esta mejora para pensar de forma abstracta tiene que ver con una nueva flexibilidad en el ser humano, adaptabilidad a un entorno cultural que cambia a una velocidad creciente.

Un anciano de hoy en día, al que le cuesta diferenciar entre “cosas” que puede encontrar en su computadora, y otras que puede ver en la Web, no es menos inteligente que un adolescente que le pasa el trapo seis veces en ese aspecto. Ese anciano creció en un mundo en el que las “cosas” no estaban a la vez en 20 lugares, vivía rodeado de “cosas” que se podían palpar. Un mundo en el que los teléfonos, eran teléfonos, no cámara de fotos, tocadiscos, televisor, agenda, y quién sabe qué más.

Según James Flynn, la habilidad creciente para reconocer categorías abstractas y realizar conexiones que se puede ver en los tests de inteligencia, refleja qué tan moderno es nuestro cerebro. Algo que se ha vuelto cada vez más útil a lo largo de los últimos 100 años.

Osos marrones, y nieve en el ártico

El psicólogo soviético Alexander Luria, realizó una serie de entrevistas con campesinos de la Rusia de los años 1920s. Les preguntaba “Donde siempre hay nieve, los osos son siempre blancos. En el Polo Norte siempre hay nieve. ¿ De qué color son los osos allá?”. Ellos respondían indefectiblemente que en su vida no habían visto más que osos marrones. No pensaban en el sentido hipotético de la pregunta.

¿Eran poco inteligentes? No. Simplemente sucedía que su mundo requería habilidades diferentes. Esto lleva a rechazar una interpretación naif del Efecto Flynn, porque si extrapolamos estos efectos atrás en el tiempo, terminaríamos pensando que nuestros antepasados del año 1900 tenían un IQ de 70, es decir, cercano al límite de una persona con retraso mental. Por supuesto, eso es absurdo.

No somos más inteligentes, dice Flynn en su libro, sino diferentes. Nuestra mente ha cambiado, y el cambio se inició con la revolución industrial, que engendró la educación masiva, las familias pequeñas y una sociedad en la que los trabajos técnicos y de gestión, reemplazaron a los del trabajo del campo. Surgieron puestos, y actividades que demandaban el dominio de principios abstractos.

Evolución mental

Flynn utiliza una analogía más que interesante, para referirse a la forma en que nuestra mente se viene adaptando al cambiante mundo moderno. La velocidad de los coches hace 100 años, dice, eran absurdamente bajas, debido a que los caminos eran muy malos. Los coches y los caminos co-evolucionaron.

A medida que fueron mejorando los caminos, también los autos, y viceversa. La mente, y la cultura humana están vinculadas de una forma similar. Cada avance tecnológico dispara cambios para que nuestra mente se acomode, y estos cambios, también nos hacen ver al mundo de formas diferentes.

Así es que, no debería resultar llamativo que exista algo como el Efecto Flynn, sino deberíamos preocuparnos si nuestra mente no pudiese adaptarse a los cambios del mundo que nos rodea. Como habíamos comentado antes, algo que caracterizó al ser humano desde hace cientos de miles de años, es su flexibilidad, que se debe no sólo a su biología, sino a la cultura que venimos creando desde nuestros inicios como especie.


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